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Ese descubrimiento la turbo tanto que experimento una necesidad imperiosa de lavarse.
El entró cuando ella se había quitado el chaleco de cuero y había empezado a desatar los lazos de su camisa, sucia de sudor y de sangre coagulada.
Continúa-le ordenó el con una voz ronca
Su mirada ardía como un brasero y ella sintío que sus sentidos se inflamaban.Se desnudó lentamente, permitiendo que esa sensación la revigorizara antes de girarse, desnuda por fin, hacia el deseo del hombre.
Acércate-volvió a ordenarle
Ella obedeció, se detuvo cuando notó el aliento de el sobre su cara. La bofetada que le propinó su amante hizo nacer en ella un remalazo de odio. Pero, antes de que hubiese tenido tiempo de reaccionar, sintió como la abrazaba con fuerza, atrayéndola hacia él. Sus manos dominantes subieron por su nuca y le hicieron inclinar la cabeza, para besarla con pasión.
La tomó allí mismo, de pie, devastado como ella por esas visiones terribles. Por ellas, ligados por la sangre, hombre y mujer no fueron más que una sola y misma carne, en un abrazo salvaje y tan violento como esa batalla que impregnaba todavía su piel, su aliento; inhumano como una matanza y, sin embargo, tan sublime que el placer los arrastró.

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